De la misma manera que soplo el
polvo que tenía encima este blog, soplo los prejuicios que pudiera tener hacia
la suprema edad, nada de ciudadanos de tercera.
El paseo de san roque me devuelve a casa una vez más, y por el camino encienden la llama de estas letras dos sombreros y una boina. Dos sombreros y una boina cubriendo tres montañas con nieve, de esas montañas con la cúspide redondeada por la erosión del tiempo, pero pulcras y llenas de luz.
El paseo de san roque me devuelve a casa una vez más, y por el camino encienden la llama de estas letras dos sombreros y una boina. Dos sombreros y una boina cubriendo tres montañas con nieve, de esas montañas con la cúspide redondeada por la erosión del tiempo, pero pulcras y llenas de luz.
Se me elevan las mejillas y por
su culpa mis ojos se ponen en cuclillas, a razón de la conversación que aunque
breve, me ha resultado la más pura y la más llena de todas las que he podido escuchar.
Yo les miraba como si todo, ellos a mí como a una cosa más, como a un fotograma
de un enorme rollo de celuloide con innumerables registros de luz.
El lugar donde se encuentra el punto de
inflexión en el que dejas de hablar del tiempo como excusa se halla la
sabiduría plena. Excusas que nos damos para no hablar de cosas que no sabemos o para evitar
una situación incómoda en el ascensor, que al final ni se elude ni se mejora, ni sabemos de lo que estamos hablando.
Tres viejos caminando y manejando conceptos como si nada, como si todo. Conceptos tan precisos como el bisturí, tan certeros como un disparo a bocajarro. Los tres señores enclenques y deteriorados hacen malabares y virguerías sobre algo a simple vista banal que de fondo tiene muchos metros.
Tres viejos caminando y manejando conceptos como si nada, como si todo. Conceptos tan precisos como el bisturí, tan certeros como un disparo a bocajarro. Los tres señores enclenques y deteriorados hacen malabares y virguerías sobre algo a simple vista banal que de fondo tiene muchos metros.
Palabras que esculpen en el aire
el reflejo de su sombra y que nos dicen muy bien como se hizo el surco de sus
arrugas. Nos dicen dónde se forjó la dureza que envuelve la flojera de sus
manos crudas, manos que mecen las palabras que se dicen y que entre los dedos
no sólo se dicen como es el tiempo, no sólo se dicen como es el frío, sólo se
dicen que han andado mas que un rato. Dos
sombreros y una boina manejan entre sus dedos el frío, mecen sus palabras como alquimistas del
tiempo.
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