lunes, 10 de junio de 2013

martes, 2 de abril de 2013

EL CIPRÉS TAMBIÉN ARDE



El año 2012 relacionado a los  incendios ha sido un año muy trágico se han quemado alrededor de 140000 hectáreas una de las cifras más alta de los últimos 10 años, con un numero de grandes incendios de más de 20. Para encontrar cifras similares tenemos que volver a los años 80-99.

Los ciprés no es una especie que no arda, solo  con  preguntar a la gente que se dedica a la extinción de incendios, o entendida en la materia te dirá que arde igual que todas y que pueden ser una especie muy problemática en la zona monte-urbana.



Porque quiero hablar de este tema, han sido mucho los medios de comunicación que han querido difundir la noticia de que el ciprés no arde. Este rumor se empezó hablar después del incendio de Andilla en La Comunidad Valenciana que quemó 20000 hectáreas.



No hay ninguna especie vegetal ignífuga  pero si es cierto que la masa espesa y el comportamiento del viento han influido en que esta masa vegetal de estos cipreses  no ardiese.

El ciprés su forma de reproducción es mediante piñas serotinas. Este tipo de piñas aparecen cerradas durante años en el árbol y la única forma de que se abran y se suelten del árbol es a partir de las altas temperaturas. 

Cuando se produce un incendio las piñas se abren y dispersan sus semillas para asegurarse la regeneración natural de la zona.

Se está proponiendo generar barreras cortafuegos con cortinas espesas de ciprés, intercalada con la masa forestal. Esto no sería ninguna ayuda para la extinción del incendio ya que no se eliminaría combustible para arder sino que sería una trampa para los operarios que se encuentran en la zona.

miércoles, 20 de febrero de 2013

Alquimistas del tiempo



                De la misma manera que soplo el polvo que tenía encima este blog, soplo los prejuicios que pudiera tener hacia la suprema edad, nada de ciudadanos de tercera.
                El paseo de san roque me devuelve a casa una vez más, y por el camino encienden la llama de estas letras dos sombreros y una boina. Dos sombreros y una boina cubriendo tres montañas con nieve, de esas montañas con la cúspide redondeada por la erosión del tiempo, pero pulcras y llenas de luz.
               
                Se me elevan las mejillas y por su culpa mis ojos se ponen en cuclillas, a razón de la conversación que aunque breve, me ha resultado la más pura y la más llena de todas las que he podido escuchar. Yo les miraba como si todo, ellos a mí como a una cosa más, como a un fotograma de un enorme rollo de celuloide con innumerables registros de luz.
               El lugar donde se encuentra el punto de inflexión en el que dejas de hablar del tiempo como excusa se halla la sabiduría plena. Excusas que nos damos para no hablar de cosas que no sabemos o para evitar una situación incómoda en el ascensor, que al final ni se elude ni se mejora, ni sabemos de lo que estamos hablando.
                Tres viejos caminando y manejando conceptos como si nada, como si todo. Conceptos tan precisos como el bisturí, tan certeros como un disparo a bocajarro. Los tres señores enclenques y deteriorados hacen malabares y virguerías sobre algo a simple vista banal que de fondo tiene muchos metros.
               
                Palabras que esculpen en el aire el reflejo de su sombra y que nos dicen muy bien como se hizo el surco de sus arrugas. Nos dicen dónde se forjó la dureza que envuelve la flojera de sus manos crudas, manos que mecen las palabras que se dicen y que entre los dedos no sólo se dicen como es el tiempo, no sólo se dicen como es el frío, sólo se dicen  que han andado mas que un rato. Dos sombreros y una boina manejan entre sus dedos el  frío, mecen sus palabras como alquimistas del tiempo.

viernes, 30 de noviembre de 2012

50 despacio ó 100 deprisa

Esta entrada puede tomarse como la proposición de Cuak sobre escribir historias inventadas sobre personajes cotidianos o inventados. El mejor título que he encontrado para esta historia es este "50 despacio o 100 deprisa". Espero que os guste.

El niño de unos nueve años de edad, de nacionalidad desértica, construye un oasis mientras habla con su homónimo de tierra morañega a  través de la verja del colegio Santa Ana, como si uno de los dos fuese aquel judío del pijama de rayas.
Como dos almas libres y curiosas, hablan de sus cosas, hablan de como han llegado a estar uno frente al otro, sin saberlo, como por instinto, como el poeta desliza su mano sobre el papel atrapado por la fuerza intangible de una musa.
Cada uno feliz de estar allí, de saber que aunque difícil de abrazar, al otro lado de la verja tienen un amigo, un alma al que solaparse. Ninguno lo piensa, ninguno lo dice, pero lo saben.
El pasado pasó, el chico del desierto ha visto a sus manos morir entre su padre, por que este mato a su madre primero y se ha visto cerca de acompañarles en el viaje mas de una vez, y de dos, y de tres. Ahora vive con su tío cerca del parque de San Antonio, en Ávila, y a pesar de aquello es feliz, aunque esté trabajando en su taller casi de sol a sol, aunque a pesar de su temprana edad haya visto mas que muchos viejos, mas que muchos mayores, mas que muchos niños. Él es feliz, tal cual está.
Delante del espejo tiene una vuelta de tortilla, su yo que aún no sabe mucho de todo, que aún no sabe nada de muchas cosas, pero que comprende, ayuda y se solidariza con su nuevo amigo. El vive en una casa bien con sus padres, su hermana y su perro. El no necesita muchas mas cosas que los demás niños, como hacen ellos, que ignoran que su postura es la mas sabia de todas, pues quien tiene un amigo, tiene un amigo. 
 
Los dos en esencia son lo mismo, pero no de la misma manera, no del mismo modo, no han caminado por el mismo camino. Uno y otro a un lado ya otro de la verja pero al fin y al cabo hacen lo que hicimos todos, acabar de contar e ir a ver donde se han escondido tus amigos.